Los asesinatos
en el Museo Judío de Bruselas y el auge de los partidos extremistas en la UE
encienden las alarmas en las comunidades hebreas
«Es terrible
que el odio se transmita de generación en generación». El antisemitismo enseña
otra vez sus dientes
El atentado que acabó a finales de mayo con la vida de
cuatro personas en el Museo Judío de Bruselas ha reavivado los viejos fantasmas
del antisemitismo en la población judía de Europa, que observa también con
creciente preocupación el ascenso de ideologías abiertamente xenófobas en el
seno de la Unión Europea. El asesinato el pasado 24 de mayo de dos turistas
israelíes de Tel Aviv que visitaban el Museo Judío de Bruselas y de dos de los
trabajadores del centro ha encendido todas las alarmas en las comunidades
judías europeas. El crimen, atribuido a un joven francés de ascendencia argelina
que había combatido en Siria con las milicias yihadistas, de nombre Mehdi
Nemmouche, no es consecuencia de un arrebato puntual, tal y como ocurrió hace
un par de años en el ataque a una escuela judía de Toulouse, sino que habría
sido minuciosamente planeado. El hallazgo en poder del presunto asesino, que
fue detenido posteriormente en Marsella, de un vídeo que recogería fragmentos
del atentado, avalaría una hipótesis que, de confirmarse, podría ser el punto
de partida de una estrategia contra intereses judíos en territorio europeo.
El cuádruple asesinato de Bruselas, el acto antisemita
más grave que ocurre en Bélgica después de la Segunda Guerra Mundial, se
produjo en vísperas de unas elecciones al Parlamento Europeo que han reforzado
las posiciones de partidos que han hecho de la xenofobia una de sus señas de
identidad. La entrada en la Eurocámara de grupos como el griego Aurora Dorada o
el húngaro Jobbik, abiertamente contrarios a los judíos, es un preocupante
precedente al que se añade el triunfo en Francia del Frente Nacional, que
aunque intenta ahora reorientar su política de rechazo a determinadas minorías,
nació con una vocación antisemita explícita. Las palabras de desprecio hacia
los judíos que pronuncia Jean-Marie Le Pen cada vez que tiene oportunidad pesan
bastante más que las rectificaciones sobre la marcha que hace su hija, que
pretende sin mucho éxito marcar distancias con el antisemitismo clásico de la
extrema derecha y dirigir su rechazo hacia otros colectivos.
El ambiente se ha enrarecido hasta el punto de que una
semana antes del atentado contra el Museo Judío, el movimiento Debout les
Belges (Arriba los Belgas), que aglutina a grupos de extrema derecha, había
convocado en Bruselas un acto abiertamente antisemita bajo el nombre de «Primer
Congreso Europeo de la Disidencia». A la cita habían sido invitados
personalidades conocidas por sus provocaciones contra los judíos, entre ellos
el polémico cómico francés Dieudonné y el activista y predicador Kemi Seba,
condenado por incitación al odio racial. La celebración de la jornada fue
criticada por la Liga Belga contra el Antisemitismo, que denunció que
concurrían todas las circunstancias para que «se produzca un verdadero día del
odio que se convertirá en el marco del peor encuentro de autores, teóricos y
propagandistas antisemitas en Bélgica desde la Segunda Guerra Mundial». El acto
fue finalmente prohibido aunque los organizadores se negaron a desconvocarlo y
la Policía tuvo que intervenir para impedir su celebración. El parlamentario Laurent
Louis, uno de los principales promotores, puso el grito en el cielo y denunció:
«¡Estamos en la república soviética de Bélgica!».
Por muy preocupantes que resulten todos esos indicios, no
hay afortunadamente ningún paralelismo entre la Europa actual y la que fue
escenario el siglo pasado de las sistemáticas persecuciones que desembocaron en
el Holocausto. El antisemitismo se circunscribe a corrientes minoritarias que
han adquirido visibilidad en las elecciones europeas debido al alto índice de
abstención. Los observadores políticos no creen que ninguno de esos grupúsculos
tenga posibilidad de influir en los gobiernos de sus respectivos países. Las
comunidades judías, sin embargo, se sienten cada vez más incómodas ante el
avance de las acciones de signo hostil. La Federación de Comunidades Judías de
España (FCJE) ha pedido a las autoridades de la Unión Europea «que pasen a la
acción con toda celeridad para legislar y penalizar la incitación al odio
racial y antisemita que deriva en actos criminales como el de Bruselas».
Mauricio Toledano, secretario general de la FCJE, cree
que las cosas empiezan a ir demasiado lejos. «Las calumnias en las redes
sociales cuando el Maccabi de Tel Aviv venció al Real Madrid -lamenta- evidencian
que el antisemitismo no es cosa del pasado y que por desgracia sigue latente en
la sociedad española. Es necesario que las autoridades tomen conciencia de lo
que ocurre, no se puede permanecer de brazos cruzados apelando a la libertad de
expresión cuando se da rienda suelta a comentarios que alimentan el odio y la
xenofobia». A Toledano le parece especialmente triste que pervivan sentimientos
contra los judíos en países donde su presencia es casi residual. «El 90% de los
españoles no se ha cruzado en su vida con un judío porque somos muy pocos,
apenas 45.000, y encima no llevamos una kipá en la cabeza. Es terrible que
generación tras generación la gente nazca y crezca con odio».
En la mayor parte de Europa occidental las poblaciones
judías representan una ínfima minoría. En Bélgica, por ejemplo, se calcula que
hay unos 40.000, una cifra similar a la de España. Francia tiene el colectivo
más nutrido, cerca de medio millón. A pesar de su escaso peso en términos
demográficos, los judíos siguen despertando recelo en buena parte de las
sociedades europeas. En España, por ejemplo, una encuesta encargada por el
Ministerio de Asuntos Exteriores desvelaba que un tercio de la población (el
34,6%) tiene una opinión «desfavorable o totalmente desfavorable» de la
comunidad judía y que uno de cada dos escolares rechaza tener a un compañero de
pupitre de origen hebreo. «La única explicación que se me ocurre es que la
crisis económica hace que avancen los sentimientos contra las minorías, sean
judíos, gitanos o africanos», reflexiona el secretario de las comunidades
judías de España.
En Europa las cosas no están mejor. Un estudio dado a
conocer este mismo mes por la Agencia Europea para los Derechos Fundamentales
indica que el 26% de los judíos europeos dicen haber sufrido algún tipo de
acoso en los doce últimos meses. El 4%, además, asegura que ha sido agredido
por su religión durante el año anterior al sondeo. Los indicadores son
preocupantes porque empeoran la última serie: en menos de siete meses las
personas que dijeron haber sufrido acoso pasaron del 21% al 26% mientras que
las agresiones se doblaron del 2% al 4% El sondeo se realizó entre 5.847
ciudadanos judíos de Alemania, Bélgica, Francia, Hungría, Italia, Letonia,
Suecia y Reino Unido, naciones que agrupan al 80% de la población judía
europea.
En países como Francia se empieza a hablar de una salida
de la población de origen judío hacia Israel aunque no hay datos que lo
verifiquen. El aumento de la emigración francesa hacia Tel Aviv parece ser una
realidad a tenor de estadísticas aún provisionales, pero la gran mayoría de los
analistas creen que tiene más que ver con la crisis económica que con el temor
al avance de fuerzas como el Frente Nacional. «¿Quién ha hablado de emigrar? Lo
que hay que hacer es actuar en la educación para erradicar de una vez por todas
el sentimiento de rechazo hacia el diferente», razona Mauricio Toledano.
El regreso del antisemitismo
16/Jul/2014